La violencia intrafamiliar o doméstica es uno de los problemas más graves y complejos que padece nuestra sociedad actual y aunque teóricamente, entendemos el núcleo familiar como una unidad de protección y apoyo emocional al individuo, es precisamente ahí donde se presentan muchas veces la mayor parte los abusos físicos, psicológicos y sexuales pudiendo llegar a convertirse en un entorno peligroso para sus miembros siendo los más vulnerables mujeres, niños y ancianos.

No podemos pensar que los malos tratos dentro del ámbito familiar son casos aislados que tienen lugar en ambientes marginales, con un status socioeconómico bajo y llevados a cabo por un tipo de agresores con problemas de alcoholismo, drogas, etc., sino que este fenómeno tiene lugar en todas las culturas sin ser determinante el nivel socioeconómico o intelectual.

Dentro de la Violencia Intrafamiliar encontramos una categoría más específica como es la ‘Violencia contra la mujer’. Este tipo de violencia tiene su origen en la sociedad patriarcal que fomenta el reparto de poderes de los sexos y lleva aparejada una distribución de funciones atendiendo al género al que pertenezcan las personas. Por ello, la violencia contra la mujer hay que analizarla desde el sistema de relaciones de género haciéndose necesario potenciar desde el ámbito educativo comportamientos igualitarios y solidarios e ir dejando atrás la idea de dominación masculina presente aún en la mayoría de sociedades.

Fue la psicóloga norteamericana Leonore Walker quien en 1978 estableció una teoría que explicaría la dinámica cíclica de la violencia dentro de las relaciones conyugales. Este ciclo se compone de tres fases que pueden variar en tiempo e intensidad según la pareja.

Fase I: Acumulación de tesión

En esta fase tienen lugar agresiones psíquicas y golpes menores por parte del hombre hacia la mujer. Respecto a las primeras, son agresiones fundamentalmente de carácter verbal como pueden ser insultos, amenazas, coacciones, etc.

Cualquier cuestión cotidiana y sin importancia, como por ejemplo la comida de ese día o una camisa sin planchar, pueden ser el desencadenante de la conducta agresiva por parte del hombre y que, sin ser vividas por la víctima como violentas, provocan un continuo debilitamiento psíquico en ésta que le harán ir adoptando una serie de medidas encaminadas a intentar manejar ese ambiente mediante la adquisición de mecanismos de defensa psicológicos, manteniendo una actitud pasiva y evitando así un incremento de la violencia.

La mujer en esta primera fase adopta un comportamiento de negación y racionalización de los hechos acontecidos.

Hombre y mujer forman parte de un circuito donde ambos están pendientes de sus relaciones. Cuando la tensión alcanza su punto máximo sobreviene la segunda fase.

Fase II: De agresión aguda

Esta fase suele ser más breve que la primera, sin embargo las consecuencias más notorias se producen precisamente en este momento, tanto en el plano físico como psíquico.

La descarga incontrolada de tensiones que se ha ido construyendo durante la primera fase se pone de manifiesto en esta segunda fase del ciclo apareciendo las primeras agresiones de carácter físico como bofetadas, empujones, agresión con objetos, etc. o con un maltrato psicológico excesivo.

El agresor justifica su conducta aludiendo a que el castigo es necesario para que la mujer comprenda, acate y ejecute las acciones que él considera justas.

Por su parte la mujer se muestra sorprendida frente al hecho agresivo que tiene lugar de un modo imprevisto ante cualquier situación trivial de la vida cotidiana. Las agresiones no guardan ninguna proporción con las circunstancias que presumiblemente causaron el episodio violento.

En esta fase la mujer trata de defenderse e intenta detener la violencia que sufre, bien mediante el abandono de su agresor bien denunciando los hechos, aunque muchas mujeres no buscan ayuda inmediatamente después de haber sido atacadas, a menos que las lesiones sufridas sean de tal intensidad que requieran la inmediata asistencia médica urgente.

La reacción más frecuente que suelen tener las víctimas tras una agresión es permanecer aisladas durante las primeras 24 horas siguientes al episodio violento pudiendo transcurrir días antes de buscar ayuda o acudir a los servicios sanitarios.

El miedo que experimenta la mujer puede llevarle a un colapso emocional de tal magnitud que en los casos más graves puede culminar en suicidio.

Fase III: De arrepentimiento o ‘Luna de miel’

Tras la fase de agresión aguda sobreviene un período de relativa calma.

La característica principal de esta fase es que la violencia ha terminado.

El hombre muestra una amabilidad extrema. Las conductas de amor y cariño hacia la mujer quedan sobradamente demostradas, reconociendo su arrepentimiento y prometiendo que cambiará su comportamiento, incluso llega a aceptar medidas de ayuda externa como ir a un psicólogo o especialista del comportamiento humano. El agresor por tanto minimiza su conducta violenta teniendo además una extraordinaria habilidad para embellecer y reconstruir episodios del pasado que le dejan a él en mal lugar. Se atreve incluso a hablar con familiares y amigos para que convenzan a la víctima de que ésta le perdone y vuelva con él.

Todos estos comportamientos del hombre hacen que la mujer sienta un profundo estado de confusión y distorsión de la realidad. Suele suceder que, en este momento es cuando la mujer se plantea desistir de cualquier intento que haya iniciado para poner fin a su relación llegando a sentirse culpable y responsable de lo sucedido. En consecuencia vuelve a vivenciar el amor y perdonar a su pareja, creyendo que dichos acontecimientos no se volverán a repetir.

El tiempo que puede durar esta fase suele ser muy variable aunque desaparece en el mismo momento en que el hombre considera que de nuevo está perdiendo el control sobre su pareja y entonces vuelve a tener lugar la primera fase de acumulación de tensión, iniciándose así un nuevo ciclo de la violencia.

Esta teoría explicaría el por qué muchas mujeres soportan una relación de maltrato durante años pues demuestra que la violencia no es constante en una relación de pareja sino que se mezclan episodios violentos y  comportamientos abusivos con actitudes de arrepentimiento y muestras de cariño por parte del agresor.

El deseo de muchas mujeres por intentar salvar su relación sentimental hace que éstas permanezcan atrapadas durante años en una relación contaminada y vacía privándose de la oportunidad de emprender un nuevo camino hacia su libertad.

 

Sandra Calvo Jiménez

Licenciada en Criminología.